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Dentro de las reflexiones acerca de las ciudades, se torna interesante la que versa sobre la influencia que guardan estas respecto de la salud de las personas que las habitan. Tal vez lo más común sea hacerla desde las afectaciones que les provocan.
Sin embargo, existe una dimensión de las ciudades que estriba en su capacidad de procurar la salud de quienes viven en ellas. Esta dimensión da pie a una muy particular forma de diseño de las urbes; me refiero al diseño salutogénico.
Este enfoque de diseño comienza en el análisis -desde el contexto propio de cada ciudad- de lo que mantiene saludables a sus habitantes, pero también de lo que les enferma. La idea no es nueva. Deriva del trabajo de Aaron Antonovsky, sociólogo que, en la década de los 70 del siglo pasado, conceptualizó la “salutogénesis” como la serie de acciones tendientes a generar condiciones favorables para la salud de las personas, más que desde una óptica sanitaria, enfocándose en la noción global de bienestar.
De esta manera, la planeación y gestión de las ciudades migran, de enfocarse en prevenir, mitigar y sancionar las perturbaciones comunes de la paz urbana -como el ruido y las demás formas de contaminación ambiental- a la búsqueda de generar, a partir de dichas responsabilidades gubernamentales y con un abierto enfoque a ello, condiciones que permitan a sus habitantes verdadera calidad de vida y contextos en que su habitabilidad sea tangible.
Estos esfuerzos deben hacer posible la percepción del entorno desde su legibilidad, significado y vocación de apropiación, es decir, lograr una ciudad de disfrute intuitivo. Cuando lo anterior se integra a lo cotidiano, la lectura del entorno se transforma. Pasamos, por ejemplo, de una noción meramente ornamental de plantas y árboles a valorar su presencia por el equilibrio que otorgan al paisaje, con el añadido de su función ambiental y termorreguladora. Damos un nuevo valor a la luz natural que permite ver sin deslumbrar; a una forma de silencio relativo que, lejos de significar ausencia, comunica paz y permite amalgamar los discretos sonidos que dotan de identidad al espacio público.
El movimiento trasciende el mero desplazamiento utilitario; se convierte en un modo de dotar de plasticidad al paisaje urbano. Caminar y pedalear, como actividades articuladoras del entorno, se convierten en elementos que dan vida al escenario urbano y que permiten mantener la lectura que resulta imposible desde el aislamiento y la velocidad de vehículos motorizados.
De hecho, la ralentización del movimiento urbano da lugar a un ámbito propicio para hilvanar comunidad a partir de las relaciones, los cruces y demás interacciones, que sólo son posibles con aquello que sucede a escala humana. Claramente, hacer comunidad es una forma de combatir la soledad, que a su vez es el detonador de una serie de padecimientos propios de entornos urbanos, como es el caso de la depresión.
Una gran ventaja de esta alternativa de diseño urbano está en su impacto en grupos vulnerables. Las infancias, las personas adultas mayores, las personas con discapacidad, las personas en desventaja económica, y en general, todas las personas que presentan algún tipo de vulnerabilidad en el contexto urbano, encuentran en las condiciones resultantes de esta forma de diseño una renovada posibilidad de disfrute del lugar que habitan, que les pertenece por definición y que debe ser apto para su forma de experimentarlo.
Todo esto precisa de compromiso, voluntad y presupuesto; las buenas intenciones carentes de respaldo y financiamiento terminan en lo anecdótico. Pensar la ciudad como un activo para la salud de las personas, verdaderamente para todas las personas, dignifica a las y los habitantes de la ciudad como casa común, lo que es indispensable para construir el camino hacia un futuro posible.
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