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Gimme el poder. Sainete regio en tres actos y una celda

3 hours ago 1

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Escribo desde Monterrey. Café frío, rabia tibia. Lunes de expedientes. La ciudad presume rascacielos, su política, trapos sucios.

Primero de marzo de 2026. San Nicolás de los Garza. Agentes federales detienen a Karina Barrón Perales. Secretaria de Desarrollo Humano en el ayuntamiento regio. Exdiputada federal. Militante del PRI, según la prensa. Lo apunto sin maquillaje, tricolor, no guinda. La ironía llega sola, sin invitación.

Los cargos pesan. Extorsión y falsedad de declaraciones. El senador Waldo Fernández relata montaje durante la campaña de 2024. Denuncia de abuso inventada. Llamada exigiendo cinco millones. Presión para abandonar la contienda senatorial. Cinco millones: precio de remate para sacar a un candidato del ring.

Sigo la audiencia por reportes, casi siete horas de trámite. Receso para tomar medicinas. Suspensión pedido por la Fiscalía. Intervalo para meditar la sentencia. Entra la ambulancia. Teatro puro, con utilería médica.

Juez federal impone prisión preventiva oficiosa. El penal femenil de Escobedo la recibe. Días después llega la vinculación a proceso. Con ella, Débora y el abogado Gustavo, señalados como coautores auxiliares. Elenco completo. Solo falta el aplauso.

Escribo presunta porque la ley lo exige. Nadie tiene sentencia todavía. Llamarla difamadora sería adelantar el veredicto. La imputación habla de falsedad y extorsión. Pero el comunicado difundido desde su cuenta durante la audiencia habla fuerte. Reconoce consecuencias. Ofrece disculpas. Matiza versiones ajenas. Confesión con paraguas, clásico.

Waldo Fernández, señalado de saltarín entre siglas. Hoy senador morenista. Ayer, aspirante repartiendo codazos. Víctima en este expediente, sí. Impoluto, no. Ambas verdades caben en la misma foto.

Tras el golpe, él mismo baja el tono. Pide disculpa pública y reparación del daño. Si hubiera dinero, lo donaría a fundaciones para mujeres, si no, monto simbólico. Generosidad calculada o magnanimidad genuina. Decida el lector.

Desde Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum descarta trasfondo político. Habla de pruebas suficientes. Respiro oficial. Entretanto, voces opositoras gritan persecución. Cada bando recita su guion con ensayo previo.

Quedan preguntas, formuladas sin afirmar nada. ¿Quién revisó antecedentes de cada aspirante? ¿Cómo olfateó la comisión política de Morena la pólvora? ¿Desde la presidencia del partido, alguien pidió cuentas? ¿Hubo filtro, o bastó con foto, apellido y sonrisa?

Clara Luz Flores Carrales merodea esta crónica. Exalcaldesa de Escobedo. Aspirante perenne. Pasó por Nexum, secta cuyo líder purga condena en Estados Unidos. Ella admitió cercanía y se deslindó después. Ninguna prueba pública la liga con este caso. Circulan rumores de pasillo. Murmullo no es sentencia. Lo anoto para marcar la frontera entre chisme y hecho.

Detrás del telón, dicen los corrillos, mueve hilos cierto arquitecto. Sin nombre en autos. Sin firma en expedientes. Columnistas locales preguntan si la acusada delatará al supuesto cerebro del montaje. Interrogante legítima, afirmación imposible. Lo dejo en penumbra, como merece toda sospecha huérfana de evidencia. Los hilos, mientras tanto, se enredan.

Dualidad moral, entonces. Partidos regalan militantes, intercambian cromos, fichan sin preguntar. Hoy luce una cara en portadas, mañana, otra. El elector paga la entrada.

Imagino el desenlace. Escobedo, noche cerrada. Celda fría. Recluida en el penal, la acusada repasa su carrera: acomodaticia con las siglas, cínica ante las tribunas. Afuera, partidos ensayan disfraces nuevos. Nadie revisa fichas. Nadie lava antecedentes.

Desastre moral. Eso queda. Instituciones convertidas en trampolín, denuncias en munición, mujeres reales en utilería. Cada acusación fabricada roba credibilidad a las verdaderas. Ese daño supera cualquier multa, y ninguna disculpa lo repara.

“Gimme the power”, exigía Molotov desde la rebeldía. El poder llegó. Faltó responsabilidad. Cuando caiga el telón, el teatro regio no tendrá público, ni crédito, ni vergüenza. Solo ruinas, y alguien barriendo.

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