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NosotrAs: Cuidar también vuelve invisible

1 week ago 6

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Tiene setenta años y no recuerda un día sin cuidar a alguien. Primero fue su padre, después su hermano y ahora su madre. Desde el otro cuarto la llaman: “Me quiero parar”, “Me duele”, “Ayúdame”. Ella comienza su día: se levanta, la baña, le busca la ropa, claro, que combine, aunque tenga que sacar tres blusas del clóset. Luego le da de comer, pero a ella nadie le pregunta cómo durmió, si ya comió...

Sus hermanos aparecen cada tantas semanas, media hora, porque hay cosas pendientes. Uno de ellos se ofreció a cuidarla una tarde, pero se quedó dormido en el sillón. Cuando ella pide ayuda, la respuesta es siempre la misma: “Es que me da miedo, no sé qué hacerle, tú lo haces mejor y ya sabes cuáles son los medicamentos que le tocan”. Y, otra vez, todo recae en ella.

Nadie ayuda, nadie llega a ayudar. Preguntan por qué no la ha bañado, por qué no le ha dado de comer, y le dicen que es una exagerada por querer llevarla al doctor todos los meses a su cita. Ella ya no discute; prefiere pecar de cuidadosa a que le pase algo.

Tampoco sale: no va a caminar, no va a la iglesia, no va a ver a una amiga. Le da miedo que en esas dos horas pase algo y no esté ahí para resolverlo, así que se queda, aunque nadie se lo pida, aunque nadie la vea quedarse. Las mujeres dedican, en promedio, 37.9 horas a la semana a cuidar: es un segundo trabajo de tiempo completo que nadie paga y del que no se pide permiso para renunciar.

No es un caso aislado: 7 de cada 10 personas que cuidan a otro adulto mayor en México son mujeres y, de las 31.7 millones de personas cuidadoras en el país, el 86.9 % de quienes cargan con la responsabilidad principal también lo son. No es vocación: es un sistema que decidió, sin preguntarles, que ese trabajo les tocaba a ellas.

El cuerpo cobra la cuenta tarde o temprano. El 39.1 % de las mujeres cuidadoras siente cansancio; el 31.7 % duerme menos; el 22.7 % reporta irritabilidad, y un 16.3 % ha sentido depresión. A veces es un zumbido en el oído; otras, un estrés que ya no se va.

Culpa nunca dicen sentir. Cansancio, sí, y una soledad que, a veces, cabe en una puerta cerrada. Cinco minutos. Luego vuelven a salir como si nada.

Cuidar no debería costar la salud ni el derecho a que alguien te pregunte cómo estás. Empecemos por ahí: por ver a quienes están cuidando en silencio, ahora, mientras lees esto.

Maestra en Ciencias de Enfermería con especialidad en gerontología y geriatría, candidata a doctora en Psicología de la Salud. Docente universitaria con amplia trayectoria en el ámbito clínico y académico de la salud. Escribe desde Saltillo, Coahuila.

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